Al adentrarnos en los versículos bíblicos de Apocalipsis 15:1-8, la visión del apóstol Juan en la solitaria isla de Patmos nos sitúa en el umbral culminante de la historia de la redención. Escrito bajo la sombra asfixiante de la persecución...
Al adentrarnos en los versículos bíblicos de Apocalipsis 15:1-8, la visión del apóstol Juan en la solitaria isla de Patmos nos sitúa en el umbral culminante de la historia de la redención. Escrito bajo la sombra asfixiante de la persecución imperial romana durante el mandato del emperador Domiciano, este pasaje se dirigía a comunidades eclesiales asediadas por la opresión, tentadas a ceder ante el culto idolátrico del César. Frente al pretendido poder terrenal de tiranos pasajeros, el cielo abre sus cortinas para mostrar la verdadera sede del gobierno universal: el tabernáculo del testimonio, envuelto en una gloria incandescente e inquebrantable.
Vivimos en una cultura que confunde habitualmente el temor con el espanto suscitado por la crueldad humana. Reconocemos con facilidad el miedo que provocan los regímenes despóticos, las fuerzas de la violencia armada o la hostilidad de aquellos que se creen dueños de la vida ajena. Sin embargo, cuando las Sagradas Escrituras nos convocan a temer a Dios, nos sitúan ante un misterio completamente distinto: la conmoción del alma pecadora frente a la infinita e incorruptible bondad divina. Aquel que ha defraudado la confianza de un amigo entrañable y noble experimenta un temblor singular al mirarlo a los ojos, no porque tema recibir un golpe despiadado, sino porque la pureza y benevolencia de la otra persona dejan al descubierto la miseria de su propia deslealtad.
La verdad de este pasaje confronta de manera penetrante nuestras actitudes diarias en el seno familiar, en el ámbito laboral y en la gestión interior de nuestras ansiedades. Cuando carecemos del santo temor de Dios, caemos inevitablemente en el destructivo temor a los hombres. Nos dejamos paralizar por la aprobación social, el estatus económico o el pánico ante el futuro. En cambio, quien aprende a temer al Creador del universo queda liberado del miedo a cualquier criatura. Esta postura nos libra de adoptar meras reflexiones cristianas con moraleja superficial y nos sumerge en una transformación profunda del corazón, donde nuestras decisiones éticas se fundamentan en agradar al Señor antes que en evitar las miradas de los hombres.
"Dios Todopoderoso y Eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos postramos con sobrecogimiento y santa devoción delante del trono de tu majestad inmutable. Tú habitas en luz inaccesible y solo Tú eres santo, perfecto en tus juicios e insondable en tus caminos de gracia. Te confesamos con dolor nuestras transgresiones, las ocasiones en que temimos más al reproche de hombres frágiles que a tu mirada omnisciente, y aquellas horas en que nuestro amor por las vanidades terrenales eclipsó el fervor debido a tu nombre glorioso. Te damos gracias porque en la cruz del Calvario no descargaste la justa condenación sobre nosotros, sino sobre tu Hijo amado, vistiéndonos con vestiduras de justicia y paz. Enséñanos a vivir cada jornada en ese temor reverente que libra del pecado, fortalece los pasos vacilantes y llena el corazón de alabanza incesante. Que en nuestro hogar, en nuestras tareas y en la quietud de nuestra alma resuene siempre el cántico de los redimidos, aguardando con firme esperanza el glorioso día de tu venida soberana. En el nombre bendito y eterno de Jesús, amén."
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